¡Tú Nunca me Escuchas!

Autor: José Manuel Guzmán Godos
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¿Alguien muy cercano y muy querido por ustedes les ha dicho esto muy seguido?

Si es así, entonces esa persona realmente no se siente escuchada ni comprendida.

A veces, podemos tener la sincera y firme actitud de querer escuchar al otro, pero tal vez no tengamos LA PREPARACIÓN para hacerlo.

Me explicaré, tal vez tengas la valentía y el arrojo para tirarte de espontáneo en una plaza de toros ante un astado de quinientos kilos; pero no cuentas con la destreza con la que cuentan los matadores y te irá muy mal.

Tal vez tengas el entusiasmo y el deseo de pararte y cantar en un karaoke en un antro o una fiesta de cumpleaños, pero si no tienes la técnica de canto el conocimiento de la cuadratura, el tono, y el sentimiento, aquello dejará mucho que desear a pesar de tu deseo y tu valor para mostrarte.

Finalmente para terminar de ilustrar el punto, imagínate que deseas meterte a nadar al mar y nunca has intentado nadar, lo que ganarás será un revolcón y el peligro de ahogarte; puede que exclames: pero, ¡me aventé al ruedo, me puse al micrófono, y me tiré al mar!

El que está enfrente y sabe dirá: ¡tú nunca toreaste, nunca cantaste, y nunca nadaste…! Y el que diga esto… ¡tendrá razón!

¡Lo mismo pasa con el arte de ESCUCHAR! Aunque hayas hecho el intento y pienses que sí lo haces bien.

Una de las grandes necesidades humanas es la de ser escuchado… realmente ESCUCHADO Y ADEMÁS COMPRENDIDO.

Pues bien, en esta ocasión te compartiré la técnica que aplica y enseña un experto en capacitación en el área de Inteligencia Emocional en empresas, el Dr. Claus Moller, y esta técnica puede ser aplicada en cualquier campo en donde haya interacción humana. Estoy seguro que será de gran utilidad en tus relaciones más significativas.

Dice el Dr. Moller que existen cinco niveles de escucha, pero hay que concentrarnos y adiestrarnos en la Escucha Empática; estos cinco niveles son:

  • Ignorar, no estar escuchando en absoluto.
  • Fingir que estamos escuchando.
  • Escuchar lo que queremos escuchar (Escucha selectiva)
  • Escucha atenta. (sin hacer nada más que escuchar)
  • Escucha Empática. (la comprensión de la emoción que conllevan las palabras)

La más común es la primera, casi no nos interesa lo que alguien más tenga que decir, estamos demasiado abrumados con nuestros propios asuntos, nuestro mundo interno, nuestras broncas y nuestros problemas a resolver. Estamos presentes físicamente, pero idos mental y emocionalmente.

Fingir que escuchamos, es apenas asomarnos al exterior y dar la impresión de que ponemos atención sin ponerla… se manifiesta en estar presente pero estar ocupados haciendo algo y con nuestra mente divagando. Es cuando exclamamos: ¡ajá!, ¡cierto! ¿Ah, sí? ¿De veras?

En la tercera fase, sólo oímos parte de la conversación; hay un involucramiento parcial de la mente y de las emociones. Oír lo que queremos oír, sigue siendo a partir de nosotros y no tiene nada que ver la necesidad del otro de ser escuchado…

La escucha atenta, nos concentramos en lo que el otro dice y no perdemos detalle. Tratamos de interpretar intelectualmente sus ideas y el significado de la situación en que se encuentra nuestro interlocutor, pero eso es simplemente intelectual hasta cierto punto frío. No escuchamos más allá de las palabras.

La última y más alta fase de la escucha, es la escucha empática. Se involucra no sólo el entendimiento intelectual del hecho, sino la emoción o emociones que conlleva. Incluye tus ojos al mirar atentamente a la persona; tus oídos, al captar exclusivamente el mensaje de quien te habla; y tu corazón para tratar de empatarte con la emoción de tu interlocutor.

Habrá que estar pendiente del tono de la voz, de la comunicación no verbal: (gesticulación, movimiento de las manos, brazos y del cuerpo en general, sudoración, cambios en la respiración y colores del rostro).

Involucra también escuchar y comprender la emoción que embarga al interlocutor, comprender su conducta, y entender qué significa para él… no para uno.

En la escucha empática, no es mi historia, ni mi experiencia, ni mi punto de vista, ni mi moral, ni mis motivos, ni mi interpretación, sino la realidad dentro del corazón y la cabeza de la persona que nos habla.

ESCUCHAMOS PARA COMPRENDER, NO PARA REGAÑAR, JUZGAR, ACONSEJAR O CRITICAR.

Cuando hacemos esto, cortamos inmediatamente los deseos de la otra persona de expresar y compartir lo que tenga que decirnos.

Para procurar que las personas expresen más cuando tienen la confianza de platicar con nosotros, necesitamos avivar la conversación por medio de preguntas o expresiones invitadoras y que no suenen como si fuésemos INQUISIDORES:

¿Cómo te sentiste?
¿Cómo te sientes ahora?
Dime más.
¿Y luego, qué pasó?
¿Cuáles son tus opciones para manejar eso?
¿Cuánto tiempo llevas con eso?
¿Qué final te gustaría que tuviera esta situación?
¿Qué piensas hacer ahora?
¿Has pensado qué soluciones le puedes dar a la situación?

Preguntas inteligentes… más preguntas inteligentes… comprensión de los sentimientos y las motivaciones, no dar soluciones, no juzgar, dejar que el interlocutor encuentre sus propias soluciones…

Se pueden sugerir soluciones, pero no ordenar, se pueden hacer preguntas y dejar que los demás tomen sus decisiones…

Incluso cuando se educa…

Aun conservamos el mal hábito de regañar, ordenar o criticar y juzgar… en la medida en que manejemos con arte y consciencia la técnica del Dr. Moller, estaremos en mejor posición para que la gente alrededor nuestro diga: “Me gusta conversar contigo, tú si que ¡SABES ESCUCHARME!”

Saludos cordiales.

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